viernes, 8 de noviembre de 2013

Resúmenes literarios

¿Estás estudiando y no tienes tiempo para leerte libros que te envían tus profesores? ¿Cuando quedas con tus amigos y empiezan a ponerse culturillas hablando de libros te sientes fuera del grupo? ¿Quieres quedar bien en tu primera cita haciendo creer a tu pareja que te encanta leer y por lo tanto, tienes una sensibilidad interesante? Estés en la situación que estés, no te preocupes, aquí estamos para ayudarte.

Te presentamos la nueva sección Resúmenes literarios, donde te haremos breves sinopsis literarias para que puedas fardar sin problemas e integrarte en los círculos más exigentes. De momento, aquí tenéis tres resúmenes. Esperamos vuestros comentarios o solicitudes. ¡Próximamente, más!


Cien años de soledad

Gabriel Garcia Márquez

La historia se centra alrededor de Soledad, una anciana viuda que cumple cien años. De ahí, el título del libro. Con el pretexto del aniversario, el autor nos relata la relación con sus tres hijos: Roberto, Pancracio, y Perfecto, así como los recuerdos que la centenaria tiene, aún latentes, de su marido Felipe  -que murió pescando solomillos de atún-. A partir de aquí, descubriremos la tristeza de Soledad. Su mala relación con Pancracio, su predilección por Perfecto, o el secreto que esconde Roberto, el hijo bastardo.

Cinco horas con Mario

Miguel Delibes

En un tanatorio de Salamanca, Pilar aún vela por su marido. Mientras, su nieto Carlos, agobiado y aburrido por la situación y la afluencia de familiares, decide encerrarse en el lavabo y sacar su consola portátil. Allí, trazará una aventura de cinco horas seguidas jugando al Mario Bros, llegando a completar prácticamente todos los níveles y algunos extras, hasta que, ya en el último enemigo, la consola se apaga de forma inesperada por falta de batería. Es entonces cuando Carlos, desolado, decide volver a la sala principal. Allí se percata que sus padres llevaban horas buscándole. 

El nombre de la Rosa

Umberto Eco

Se trata de una narración cíclica; es decir, el inicio es el final, y el final, es el inicio. Así, desde el principio conocemos a Rosa Romero, una anciana monja que vive en el convento de San Blas de Navarra, y que espera a ser juzgada por sus superiores por hechos que desconocemos. Poco a poco, nos irán desgranando estos hechos, y sobretodo, entenderemos que se debe principalmente al nombre de la protagonista, que realmente no es el suyo. Ella en realidad es Florencia Grande, y durante su adolescencia fue amiga íntima de la auténtica Rosa Romero, quien murió repentinamente de coma etílico en un guateque de la época. Fue entonces cuando Florencia se apoderó de su identidad y viajó a Navarra, donde sabia que el abuelo de Rosa, que no la veía desde los dos años, le había dejado a la joven una cuantiosa valía de galletitas. Toda la trama se descubre décadas después, y Florencia, ahora conocida por todos como Rosa, deberá ser juzgada por ello.

sábado, 7 de septiembre de 2013

La soberbia española

A pocas horas de darse a conocer la adjudicación de los Juegos Olímpicos de 2020, donde Madrid es una de las tres finalistas junto a Tokio y Estambul, me pongo a hojear diferentes diarios nacionales, tanto de carácter serio, como humorístico. Y es en esta faceta, donde llego hasta el panfleto deportivo Marca. Allí, entre las numerosas noticias relacionadas, puedo leer una entrevista a Felipe Reyes, el jugador de baloncesto del Real Madrid, en la cual afirma: "Tokio y Estambul no tienen tan grandes deportistas como España". Después de leer esto, suspiro, cierro los ojos, y con calma, vuelvo a abrirlos. Entonces, me viene a la cabeza la soberbia española. Aquella que está presente en la manera de hacer, desde tiempos inmemoriables, en parte de sus ciudadanos, y representada ejemplarmente por políticos y famosos. Dicha soberbia, viene dada muchas veces por puro egocentrismo, pero desgraciadamente, en otras oasiones, es sencillamente por ignorancia, por paletismo nacional. 

El señor Reyes debería entender que para ensalzar la candidatura española, no hace falta menospreciar al resto, y mucho menos, desde la ignorancia. Es cierto, en España hay deportistas de gran renombre internacional. Sobretodo en deportes como fútbol, baloncesto, tenis, balonmano, etc. Pero quizá este señor no entiende que unos juegos olímpicos se componen de deportes olímpicos, quizá no de tanta repercusión como los citados, pero igual de importantes y respetables. De hecho, son los éxitos de estos deportes minoritarios, o no tan famosos, los que miden la verdadera infraestructura y organización deportiva de un país.

Pero volviendo a la frase citada, menospreciar al resto de países sin informarse, es hacer el ridículo. Porque el señor Felipe debería revisar el medallero Olímpico, donde apreciaría que incluso en la mejor época del deporte Español, Japón nos duplica o triplica en éxitos. Sin ir más lejos, en los pasados juegos, Japón consiguió 38 medallas (7 de oro, 14 de plata, y 17 de bronce). Mientras que España, se quedó en 17 medallas (3 de oro, 10 de plata, y 4 de bronce). Aún así señor Reyes, ¿no conoce ningún deportista japonés? Pues hágaselo mirar, quizá es que entiende del resto de deportes como la señora Ana Botella de inglés.

Pero que más da. El señor Reyes llega a Buenos Aires para reforzar la candidatura, diciendo sandeces o mentiras, mostrando soberbia o ignorancia. También están por allí muchos más deportistas españoles de renombre; acompañados por políticos corruptos y de dudosos conocimientos deportivos. Todos, viajan con nuestro dinero, está claro. Toda la candidatura está subvencionada con el dinero de los ciudadanos de un país que se retuerce de dolor, que vive una época de austeridad económica, con un paro alrededor del 26%, y rebajando servicios sociales como sanidad y educación. Como pretexto, nos dicen que es algo necesario y que supondrá un empujón enorme para cambiar esta situación. Nos aseguran que no solo saldrá ganando Madrid, sino todas las regiones de este resquebrajado país. Otra vez más, como en el caso de Felipe, uno no sabe si es por la manía de mentir, o si es por pura ignorancia. Si no, que se lo pregunten a Grecia, que celebró los Juegos Olímpicos de 2004. ¿Mejoró el país? ¿Les dio un empujoncito? Sí, sí, los Griegos desde entonces viven de "puta madre".

Pero bueno, veremos que pasa esta noche. Ya falta menos para saber si nuestros políticos podrán venirse con la sonrisa de saber que a partir de hoy, podrán volver a sacar partido de la construcción, adjudicar obras a dedo, y embolsarse parte de ellas. Al tiempo que miles de personas hacen de voluntarios sin cobrar ni un solo euro para que podamos presumir ante el mundo de tener espíritu olímpico. ¿Espíritu Olímpico? Los cojones.

viernes, 19 de julio de 2013

No es lo que parece

Miré la hora en mi móvil, después elevé la mirada al cielo azul. Caían las cinco. Se hicieron mucho daño: Conchi, Laura, Enriqueta, Lucía, y Elena. Vaya caída, pensé. Lástima no haberlo grabado.

Seguí caminando hacia no sé donde, qué sé yo. De repente, noté mucha tensión en el ambiente. Tenía un generador eléctrico justo al lado. Decidí cruzar rápidamente la calle, pues fuese real o imaginación mía, percibía mis pelos erizándose de forma notable.

Al cruzar la calle, divisé un bar a unos veinte metros. Pensé en un café, me iría bien. Me senté, esperé. Seguí esperando. Quizá demasiado. Finalmente vino el camarero. -Póngame un café americano- le dije. -Soy de Palencia señor, pero le pondré el café, ¿Algo más?- me contesto esbozando una sonrisa.  -Sí por favor, un diario para leer. Supongo que no tiene el País, pues ya veo que aquí no hay prisa.- le devolví entonces la sonrisa. Se quedó serio. - ¿No le hizo gracia?- le pregunté. -No, me gustó más el Raval- me contestó, devolviéndome la pelota, con un gran revés. -Touché- le dije.

Acabado el café, decidí dar una vuelta por el parque. Los árboles estaban preciosos, verdes, robustos, vigorosos. De repente, una jovencita con un cigarro en la boca me saludó desde un banco. -Ah, ¡la primavera!- exclamé. Y me acerqué a ella. Era mi prima Vera, haciendo sincronizadas caladas antes de entrar a trabajar en el banco.

Marché rápidamente del parque para coger el metro, pues al llegar a casa tenía que medir unos muebles. Después, decidí descansar en mi sofá, con los pies descalzos, y una caña de cerveza. La más molona de todas, pensé. Durante un instante se me pasó por la cabeza encender la tele, pero, ¿para qué diantre quería ver la tele ardiendo? Vaya idea. De repente, me vibró el móvil. Me habían respondido al apalabrados. ¡Chachi!, seis letras, doble de palabra, treinta y dos puntos. Buena tirada. Aprovechando, volví a mirar el reloj del móvil. Ahora sí, ya eran las cinco.

miércoles, 10 de abril de 2013

Situación entre Sherlock Holmes y Dr. Watson

- Entonces, ¿tiene alguna preferencia de queso para la cena? - dijo Watson-.
- El emmental querido Watson.
- Es usted sorprendente señor Holmes, me responde a una pregunta de opción múltiple como si se tratase de una pregunta dicotómica.
- Elemental querido Watson.

Y así Watson, quedó fascinado de Holmes durante el resto de su vida.

jueves, 21 de marzo de 2013

Apareció un pájaro cruzando el cielo azul

De repente, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Poco después, una hora más tarde,  apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Y al marcar la hora sucesiva, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Entonces, al cabo de una hora, puntualmente, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Por si fuera poco, otra hora después, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Y pasados sesenta minutos de reloj, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Después de otra hora,  apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Pasada una hora más, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Y Justo a la siguiente hora,  apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Pero terminados otros sesenta minutos, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Asimismo, al marcar una nueva hora, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Y una hora después, mientras el cielo mantenía su color, apareció un pájaro cruzando el cielo azul. Poco a poco llegó la noche, y decidí dejar de mirar por la ventana. Cené, miré el televisor, y me fui a dormir. Me desperté a la mañana siguiente. Cogí el cuenco de cereales, y me quedé mirando frente a la ventana; el cielo estaba azul.

jueves, 31 de enero de 2013

Le llamaban Carabolt

El caracol más rápido del mundo era capaz de correr los 100 milimetros en menos de 10 minutos. Algunos, de forma merecida, le llamaban CaraBolt, en referencia al corredor jamaicano. Bien, es cierto, esto me lo he inventado, pero diantres, era un juego de palabras que no podía dejar escapar. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. No era un caracol corriente, para nada. Su caparazón rehuía de las formas rechonchas y esféricas de sus compatriotas babosos, y conformaba un elipse aerodinámico que finalizaba en un perfecto borde afilado, capaz de cortar al aire como una espada de un auténtico Samurai. ¿Y qué pasa si te cortan con una espada de Samurai? Pues que exclamas, ¡Ai!, y te vas para el Samur. En fin, perdonad, otro juego de palabras totalmente prescindible. Sigamos.

Pues volviendo a CaraBolt, el caracol hijo del viento, hermano de la luz, padre del rayo, cabe resaltar que tenía un gran futuro por delante. En su ciudad natal, todos le conocían, todos le alababan. Era el orgullo, el ícono de un lugar de caracoles humildes. Cuando participaba en una carrera, las mozas del pueblo babeaban sin cesar al contemplar su estilizado caparazón. Pasó de ser el hijo de un simple caracol de montaña, a convertirse en la estrella de toda una nación de caracoles. El éxito, subió como la espuma; rápido, pero también incontrolable. Y aunque sus ventosas continuaban adheriéndose a cualquier pista de competición, poco a poco, su cabeza empezó a levitar demasiado; nuestro Carabolt, empezó a separar las ventosas del suelo, a sentirse más que el resto de Caracoles: anuncios, contratos multimillonarios, noches de descontrol y lechugas adulteradas conformaban un coctel demasiado peligroso, y que poco a poco fue consumiendo aquel joven caracol de orígenes humildes, de raíces sencillas. Y ante todo, de un futuro prometedor.

Corría entonces el año 1988, y las Olimpiadas de Seul estaban a la vuelta de la esquina; allí se reunieron los mejores atletas del mundo. Los escarabajos peloteros de la Unión Soviética, estandartes del futbol de calle; los insaciables insectos acuáticos norteamericanos, reyes indiscutibles de la piscina; los cienpiés marchistas, una especie siempre persistente; o las hormigas culturistas, entre ellas la bulgara, levantando pesos imposibles. Y entre tanto héroe, nuestro querido caracol: la estrella más solicitada de los juegos, el más aclamado.
Así, entre auténticos ídolos del deporte, fueron pasando los días de competición. Y llego el gran momento: los 100 milimetros lisos. En la parrilla, todos los caracoles fijaron bien sus ventosas al pavimento. El estadio enmudeció, el tiempo se congeló. Y entre la nada, entre el vacío, el juez dio finalmente el pistoletazo de salida. Explotó un rugido de la multitud, al instante que los caracoles comenzaron a deslizar sus babas a toda velocidad. Al cabo de solo 9 minutos y 79 segundos, nuestro héroe cruzó la meta entre gritos y aplausos; un record jamás visto. Se había escrito una nueva página en la historia olímpica. La barrera de los 10 minutos había sido aniquilada con contundencia y claridad.

Todos los periódicos se hicieron eco de la hazaña; decenas de marcas solicitaron la imagen de nuestro querido caracol, y el mundo, en definitiva, se rindió a sus pies. Pero como siempre se suele decir, todo lo que sube, baja. Y tres días después de la exhibición, el mundo quedó paralizado por una terrible noticia: el record de los 9 minutos y 79 segundos, era un espejismo, una mentira, una patraña. En el análisis de babas de la carrera, se habían descubierto restos de estanozocol, un pesticida de lechuga que era capaz de alterar físicamente a los caracoles para otorgar mayo rendimiento. A nuestro caracol, se le había caído la máscara; sus fans, la prensa, toda la opinión pública, quedó desengañada, triste, enfurismada.

Días después, el gran caracol, cayó en el olvido. Tanto, que seguramente nadie recuerda esta historia. Nadie. Nadie.


sábado, 5 de enero de 2013

Cebollín: el amigo que te hace llorar (Cap.1)

Era primavera, los pajaros voleteaban por el cielo azul, y un mantel de hojas cubría el precioso bosque donde se encontraba Villa Verduras, una pequeña aldea repleta de verduras, hortalizas y frutas del bosque. Al oeste, a pocos metros, en lo alto de la colina, la casa de la familia Cepa, papá y mamá cebolla, se llenaba de alegría, pues había nacido su primer hijo: Cebollín.

Aquella pequeña cebolla fue criada en un hogar rebosante de amor y valores; y poco a poco, fue recubriéndose de más y más capas, hasta que llegó el día que sus papás pensaron que estaba preparado para su primer día de colegio.

-Cebollín, hijo mío, ya estás preparado para ir a la escuela. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer que eras un pequeño bulbo, y mírate, que cantidad de capas.- dijo entusiasmada mamá cebolla, ofreciéndole la mochila y acariciándole suavemente en la cabeza. -Hijo, -prosiguió su padre- todas las verduras del pueblo te esperan en la escuela. Nunca es fácil el primer día, pero eres todo un Cepa. ¡Haz que nos sintamos orgullosos de ti!- Cebollín permaneció callado, alzo la mirada, y regaló una tímida sonrisa a sus padres.

Aquella mañana las calles de Villa Verduras lucían un aspecto vigoroso, vivo y encantador. Los pequeños volvían a juntarse después de unas merecidas vacaciones, mientras los padres sonreían aliviados por el regreso escolar. Tomatito, el hijo de Tomato Rojas, saludaba efusivamente a su gran amigo Pimentín, hijo de la familia Umpimento, de origen italiano, pero asentados en el pueblo desde hacia varios años. Zanahorias, apios, patatas, puerros, y en definitiva, todas las verduras del pueblo circulaban por las calles camino a la escuela Maria del Brocoli, con más de cuarenta años a sus espaldas, y gran responsable de la educación de toda la villa, incluso más allá de las montañas -no era nada extraño encontrar alumnos que provenían de Ciudad Lenteja, o Villa Albahaca-.
Poco a poco se iba acercando la hora del inició del nuevo curso, y mamá Cepa, que había acompañado al pequeño Cebollín hasta la misma puerta de la clase, dejaba escapar sus últimas palabras, tiernas y abundantes de amor, como gran madre que se precie. En el momento que resonó por toda la villa la campana escolar, situada en la fachada verde de Maria del Brocolí, y gran pregonera del inicio de curso.

-Cariño, venga, entra para clase; después te vendré a buscar, ¿vale? - añadió mamá Cepa, al mismo tiempo que regalaba un cálido beso en la frente de Cebollín. -Sí, mamá, te quiero- añadió nuestra pequeña cebolla.

Al poco de unos minutos, la primera clase de parvulario estaba repleta. Cada alumno en su pupitre. Mientras, Doña Maria, profesora con más de veinte años de oficio, repasaba la asistencia y algunos datos más de cada uno de sus alumnos, y se disponía a dar la bienvenida al nuevo curso; miraba arriba, y resoplaba, sabía la importancia de su trabajo, tenía en sus manos el futuro de Villa Verduras; médicos, bomberos, panaderos, mecánicos, cocineros, dibujantes, obreros, quién sabe como evolucionarían aquellas pequeñas verduras todavía verdes y con un mundo por descubrir. Su función era labrarles un futuro, como profesionales, pero sobretodo como verduras.

-Bienvenidos a todos, soy Doña Maria, vuestra profesora durante todo el año. antes de comenzar, nos iremos presentando uno a uno, y espero que así, vayamos conociéndonos mejor.- expulsó finalmente la profesora, ansiosa por dejar atrás la primera toma de contacto.
Los pequeños se fueron presentando uno a uno; cada uno con su personalidad, unos muy tímidos, otros repletos de desparpajo:
-Me llamo Alcachofina, aunque me llaman Fina, y es mi primer año aquí.- dijo la pequeña alcachofa.
-Hola, buenos días a todos, soy Esparraguito...- añadió el bajito espárrago, al tiempo que pedía permiso para ir al lavabo para orinar.
-¿Que tal chicos? Soy Perejilo, ¡y espero hacer muchos amigos!- añadió un confiado y exultante perejil.
Las presentaciones siguieron su curso, hasta llegar a la última fila, donde tímido com siempre, le tocó el turno a nuestro querido Cebollín:
-Ho, hola. Soy Cebollín.- dijo con voz bajita y escondida -Gra, gracias.

Acabadas las presentaciones, la clase empezó, y Doña Maria enseñó sus conocimientos a los más pequeños durante la mañana. Entonces, pasadas unas horas, llegó la hora del recreo.

Un recreo esperado por todos los pequeños del colegio, pero que cambiaría la vida de Cebollín. ¿Qué pasaría? ¿Qué asombrosas circunstancias acecharían a nuestro pequeño? No te pierdas el segundo capítulo, que algún día escibiré, de Cebollín, el amigo que te hace llorar.