No era un detective como los demás. Jonny era bien diferente a detectives como Ralph Croquet, Jeremy Rogers, o el maquiavélico Fernandez Lausson. Tampoco tenía nada que ver con los Monroe, ni los de la Marilyn, aunque a veces la gente le olisqueaba intentando encontrar fragancia a Chanel 5, ni con los amortiguadores Monroe de toda la vida. No, no tenía ninguna relación. Jonny Monroe era único. Solo había uno, por suerte o por desgracia. Metódicamente era capaz de percatarse de cualquier detalle. Quién no recuerda su frase en el caso de silver street, "si encontramos a alguien que le fascinen los donuts, tendremos a nuestro asesino", dijo con firmeza en aquel terrible suceso detrás del mostrador del Dunkin' Donuts. El resto de presentes, le miraron estupefactos. Que puto crack.
Hoy tenía un nuevo reto, un nuevo obstáculo que superar. Margaret Wilson había sido asesinada en su propia casa. Permanecía en el suelo, con notables signos de violencia. Su hijos, que habían alertado a la policía nada más encontrar a su madre tendida en el suelo, no estaban en casa en el momento del brutal asesinato; mientras, el marido de la víctima, había cogido poco después del crimen, apenas una hora, un avión para la República Dominicana. Jonny, situado quieto e inmutable en el epicentro del lugar de los hechos, mientras el resto de profesionales buscaban pistas y detalles y pretendían dar el caso por cerrado, descendió su mirada hacia el suelo, suspiró, miró su reloj, y alzó la cabeza con aplomo. "La víctima ha sufrido una brutal paliza. El marido estaba aquí y se fue corriendo, directamente fuera del país. ¿Miedo? Seguramente. Si encontramos a alguien que también quiera matar al marido, tendremos al asesino". Los presentes en aquel lugar lo miraron asombrados. Porque Jonny siempre asombraba y abrumaba a los demás.
viernes, 29 de abril de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
Desengaño de maíz
Tenía uno de los microondas más sofisticados; con numerosos programas preestablecidos de platos comunes, varias posiciones para descongelar, y otras tantas posibilidades que no hacían más que incrementar la admiración por aquel aparato de ondas electromagnéticas. La manipulación no era nada fácil, para que nos vamos a engañar. Un extenso cuadro de control ocupaba gran parte del frontal metálico, con botones, luces, y simbólicos dibujos tintados de azul. Pasé los primeros días leyendo el manual de instrucciones, de un grosor considerable y repleto de apartados para llegar a entender, en su justa medida, aquella máquina futurista. Recuerdo que me llamó la atención entre los programas predefinidos, la posibilidad de preparar pollo y disponerlo de nueve maneras diferentes. ¡Nueve maneras! Quedé totalmente colapsado, apostré el manual sobre la mesita de la cocina, y me ausenté para fumar un cigarrillo y aclarar ideas. Necesitaba reunir energías para la siguiente lectura. Al volver, continué asombrándome de aquel prodigio tecnológico. Tanto avance en una cajita tan pequeña, ¡y a mi plena disposición! Para calentar la leche existían, como no podía ser de otra manera, varios programas; pensaba que a partir de ese momento desayunar sería mucho más complicado que de costumbre, otro test que cambiaría el rumbo del día, un momento de difícil elección, como si dudase entre el cable rojo o azul. Pero al fin y al cabo, era el precio necesario por aprovecharme de las bondades de aquel artilugio divino. Calentar una pizza ya no era calentar una pizza. Era elegir, imaginar, decidirse por una base más quemada, un acabado uniforme, o un gratinado perfecto. Por momentos, sentía estar frente al cuadro de mandos más complejo del mundo culinario.
Pasaron los días y poco a poco fui asumiendo el control de aquel microondas. Después de leerme el manual por primera vez, estimé hacer una relectura. Como buen libro que se precie, aquella segunda visión me hizo descifrar nuevas alternativas, y aclarar otras tantas que habían quedado demasiado precoces. En concreto, el apartado de verduras, dio un vuelco inesperado. Las bases que hasta ese momento se sustentaban en mi mente, se hicieron añicos contra aquella segunda interpretación. ¡Estaba tan equivocado de los programas vegetarianos durante los primeros días! Por suerte, a partir de ese momento, pude aprovechar al máximo los programas y sus controles. Desde preparar cebollas, hasta dejar listas unas excelentes patatas. El panel del microondas estaba bajo mi control; cocinar, calentar, descongelar, gratinar, cualquier acto estaba perfectamente controlado. Además, pude acrecentar aún más la experiencia gracias a Internet. Me registré en varios foros de cocina, así como en la web oficial del producto, donde mensualmente se podían descargar, en formato PDF, nuevas recetas y trucos sorprendentes. Mi progresión personal en aquella etapa de mi vida es imposible entenderla sin la presencia del microondas. Pero desgraciadamente, también mi debacle, mi terrible desengaño, que llegaría poco más tarde.
Una tarde vinieron a casa algunos amigos; Rodolfo, Carmen, Mireia, y Sergio. Estuvimos charlando, tomando unas copas, y como la tarde lluviosa no acompañaba a salir, decidimos quedarnos en mi casa viendo unas películas. Hasta ahí todo sucedió felizmente. Pero Carmen, la inoportuna Carmen, sugirió hacer unas palomitas para acompañar las películas. ¡Claro! Exclamé, sin ningún tipo de dudas. La semana anterior había comprado tres paquetes de palomitas para microondas, y era un momento idóneo para fortalecer, aún más, la relación con mi pequeño generador de ondas electromagnéticas. Así que dispuse la bolsa dentro de él, y de repente, me quedé en blanco. ¿Que programa debía utilizar? No recordaba ningún apartado relacionado en el manual de instrucciones, y por más que miraba al panel de control, ningún dibujo se asemejaba a una bolsa de palomitas para microondas. Carmen, que además de inoportuna es una impaciente natural, se acercó a husmear en la cocina. ¡Ay, cómo eres, pon a calentar la bolsa y listo! Hasta mi microondas del Carrefour las hace bien. Me dijo riendo y espitosa. Empecé a ponerme nervioso, y no atinaba que hacer. La situación me superaba. ¡Seguro que había un programa para las palomitas! Pero no lograba ubicarlo. Carmen me miraba. ¡Maldita zorra, vete para el comedor con los demás!, pensé mientras le devolvía una tímida sonrisa. Así, en un acto de ansiedad, coloqué el programa para calentar leche durante varios minutos, y pulsé el botón de iniciar. La bolsa daba vueltas y más vueltas en el interior del aparato; pero ni se inmutaba. ¿Porqué no se hinchaba? ¿Porqué no empezaban a sonar aquellos pequeños estruendos de las palomitas? Después de cinco minutos tuve que suspender el programa. La bolsa estaba completamente chamuscada, pero el maíz seguía intacto. Desde el comedor preguntaban airadamente, esperando mi llegada triunfal con el bol repleto de palomitas. Pero no había manera. Intenté remediar aquel inicio lamentable insertando una segunda bolsa y cambiando de programa. Pero nuevamente no sirvió para nada. La bolsa se infló levemente, pero las palomitas en su interior permanecían inmóviles, contraídas bajo su caparazón. Solo me quedaba un paquete. Mis amigos se impacientaban. No entendían que pasaba, y me lanzaban frases que se clavaban en lo más profundo de mi corazón: ¡Tanto microondas y mira! ¡Da igual, déjalo, ya comeremos unas patatas chips, ¿tienes patatas?
Solo una bolsa. Una oportunidad. Un motivo para seguir con orgullo aquella relación electro-humana. Pensé profundamente. ¡Vamos, vamos! ¿Qué programa debe ser? Entonces se me encendió la luz. Aclaré la mente. ¡Claro!, sencillamente debía poner modo normal, la potencia que señalaban las instrucciones del reverso de la bolsa, y vigilar constantemente. Y así lo hice. Accioné el modo normal, potencia setecientos, y unos tres minutos. Entonces, esperé sin quitar ojo del interior del electrodoméstico. Al minuto, la bolsa comenzó a inflarse. Poco después, sonaron algunas palomitas al abrirse: pop, popop, pop
Pasaron los días y poco a poco fui asumiendo el control de aquel microondas. Después de leerme el manual por primera vez, estimé hacer una relectura. Como buen libro que se precie, aquella segunda visión me hizo descifrar nuevas alternativas, y aclarar otras tantas que habían quedado demasiado precoces. En concreto, el apartado de verduras, dio un vuelco inesperado. Las bases que hasta ese momento se sustentaban en mi mente, se hicieron añicos contra aquella segunda interpretación. ¡Estaba tan equivocado de los programas vegetarianos durante los primeros días! Por suerte, a partir de ese momento, pude aprovechar al máximo los programas y sus controles. Desde preparar cebollas, hasta dejar listas unas excelentes patatas. El panel del microondas estaba bajo mi control; cocinar, calentar, descongelar, gratinar, cualquier acto estaba perfectamente controlado. Además, pude acrecentar aún más la experiencia gracias a Internet. Me registré en varios foros de cocina, así como en la web oficial del producto, donde mensualmente se podían descargar, en formato PDF, nuevas recetas y trucos sorprendentes. Mi progresión personal en aquella etapa de mi vida es imposible entenderla sin la presencia del microondas. Pero desgraciadamente, también mi debacle, mi terrible desengaño, que llegaría poco más tarde.
Una tarde vinieron a casa algunos amigos; Rodolfo, Carmen, Mireia, y Sergio. Estuvimos charlando, tomando unas copas, y como la tarde lluviosa no acompañaba a salir, decidimos quedarnos en mi casa viendo unas películas. Hasta ahí todo sucedió felizmente. Pero Carmen, la inoportuna Carmen, sugirió hacer unas palomitas para acompañar las películas. ¡Claro! Exclamé, sin ningún tipo de dudas. La semana anterior había comprado tres paquetes de palomitas para microondas, y era un momento idóneo para fortalecer, aún más, la relación con mi pequeño generador de ondas electromagnéticas. Así que dispuse la bolsa dentro de él, y de repente, me quedé en blanco. ¿Que programa debía utilizar? No recordaba ningún apartado relacionado en el manual de instrucciones, y por más que miraba al panel de control, ningún dibujo se asemejaba a una bolsa de palomitas para microondas. Carmen, que además de inoportuna es una impaciente natural, se acercó a husmear en la cocina. ¡Ay, cómo eres, pon a calentar la bolsa y listo! Hasta mi microondas del Carrefour las hace bien. Me dijo riendo y espitosa. Empecé a ponerme nervioso, y no atinaba que hacer. La situación me superaba. ¡Seguro que había un programa para las palomitas! Pero no lograba ubicarlo. Carmen me miraba. ¡Maldita zorra, vete para el comedor con los demás!, pensé mientras le devolvía una tímida sonrisa. Así, en un acto de ansiedad, coloqué el programa para calentar leche durante varios minutos, y pulsé el botón de iniciar. La bolsa daba vueltas y más vueltas en el interior del aparato; pero ni se inmutaba. ¿Porqué no se hinchaba? ¿Porqué no empezaban a sonar aquellos pequeños estruendos de las palomitas? Después de cinco minutos tuve que suspender el programa. La bolsa estaba completamente chamuscada, pero el maíz seguía intacto. Desde el comedor preguntaban airadamente, esperando mi llegada triunfal con el bol repleto de palomitas. Pero no había manera. Intenté remediar aquel inicio lamentable insertando una segunda bolsa y cambiando de programa. Pero nuevamente no sirvió para nada. La bolsa se infló levemente, pero las palomitas en su interior permanecían inmóviles, contraídas bajo su caparazón. Solo me quedaba un paquete. Mis amigos se impacientaban. No entendían que pasaba, y me lanzaban frases que se clavaban en lo más profundo de mi corazón: ¡Tanto microondas y mira! ¡Da igual, déjalo, ya comeremos unas patatas chips, ¿tienes patatas?
Solo una bolsa. Una oportunidad. Un motivo para seguir con orgullo aquella relación electro-humana. Pensé profundamente. ¡Vamos, vamos! ¿Qué programa debe ser? Entonces se me encendió la luz. Aclaré la mente. ¡Claro!, sencillamente debía poner modo normal, la potencia que señalaban las instrucciones del reverso de la bolsa, y vigilar constantemente. Y así lo hice. Accioné el modo normal, potencia setecientos, y unos tres minutos. Entonces, esperé sin quitar ojo del interior del electrodoméstico. Al minuto, la bolsa comenzó a inflarse. Poco después, sonaron algunas palomitas al abrirse: pop, popop, pop
viernes, 31 de diciembre de 2010
Feliz año nuevo
Soy de aquellos que no presta demasiada atención a las fechas señaladas. De aquellos que evita las felicitaciones y celebraciones puntuales como si fueran imprescindibles en nuestra vida diaria. ¿Qué es navidad? Pues bueno, mañana seguramente no lo sea. ¿Qué viene el año nuevo? Pues muy bien, dentro de diez días todos estaremos maldiciendo el nuevo año. Y todo seguirá igual, independientemente de las fechas; no habrá ni un cambio radical, ni de repente el negro se volverá blanco, ni los bancos repartirán dinero, ni las administraciones se volverán eficientes. Así es, y llámadme negativo o de carácter áspero, los insultos, los dejo a vuestra elección.
En el cumpleaños, más de lo mismo. La típica pregunta, ¿no te sientes más viejo?, pues no, no me siento más viejo. Me sentiría más viejo si mirara cinco años atrás, con el pelo más fuerte, la espalda menos contraída, y las arrugas más disimuladas, pero por un día, lo único que espero es que haya un buen regalo sobre la mesa y la gente como mínimo sea algo más simpática conmigo. Y aún así.
Pero en fin, se acaba el año y toca de nuevo el protocolo de las uvas, la ropa interior roja, y la copa de cava. Por cierto, el cava, que gran tema. Esa bebida que parece que tienes que beber por obligación. Coño, ni que fuese una hipoteca. ¡Que no vendrán a retirarte el año nuevo si no la bebes! Cuanta gente he sentido que dice, es que a mi no me gusta el cava pero como hay que brindar. ¿Qué eres masoca entonces? ¿Sabes que la copa sigue efectuando el mismo sonido aunque la bebida de dentro no sea cava? Sí, también puedes hacer chin-chin. Pues si no te gusta el cava, ponte cola, agua, o un buen whisky para olvidar al día siguiente. Porque empezar el año con cara de asco, como si te hubieras comido un limón, pues tampoco es plan. Y no mencionaré el tema de la ropa interior roja, que se sugiere casi tan absurdo como Nobel de Obama. ¿Acaso la gente piensa que el Dios de la suerte es un voyeur comunista? Por favor.
Pero bueno, es lo que hay. Cena, uvas, cava, excentricidades del familiar de turno, programas infames de televisión con un humor desgastado, la clásica broma de "nos vemos el año que viene", y la borrachera que destapa las miserias de tantas personas que considerábamos respetables, hasta ese momento, ya sea en casa, en el restaurante, en una discoteca, o en un desafortunado contenedor de basura.
Sí, ya, pero venga, lo digo: Feliz año nuevo a todo el mundo, y que el 2011 sea un año espectacular, sublime, fantástico; uy, la panacea de todos los años. Seguro que lo será ;-)
En el cumpleaños, más de lo mismo. La típica pregunta, ¿no te sientes más viejo?, pues no, no me siento más viejo. Me sentiría más viejo si mirara cinco años atrás, con el pelo más fuerte, la espalda menos contraída, y las arrugas más disimuladas, pero por un día, lo único que espero es que haya un buen regalo sobre la mesa y la gente como mínimo sea algo más simpática conmigo. Y aún así.
Pero en fin, se acaba el año y toca de nuevo el protocolo de las uvas, la ropa interior roja, y la copa de cava. Por cierto, el cava, que gran tema. Esa bebida que parece que tienes que beber por obligación. Coño, ni que fuese una hipoteca. ¡Que no vendrán a retirarte el año nuevo si no la bebes! Cuanta gente he sentido que dice, es que a mi no me gusta el cava pero como hay que brindar. ¿Qué eres masoca entonces? ¿Sabes que la copa sigue efectuando el mismo sonido aunque la bebida de dentro no sea cava? Sí, también puedes hacer chin-chin. Pues si no te gusta el cava, ponte cola, agua, o un buen whisky para olvidar al día siguiente. Porque empezar el año con cara de asco, como si te hubieras comido un limón, pues tampoco es plan. Y no mencionaré el tema de la ropa interior roja, que se sugiere casi tan absurdo como Nobel de Obama. ¿Acaso la gente piensa que el Dios de la suerte es un voyeur comunista? Por favor.
Pero bueno, es lo que hay. Cena, uvas, cava, excentricidades del familiar de turno, programas infames de televisión con un humor desgastado, la clásica broma de "nos vemos el año que viene", y la borrachera que destapa las miserias de tantas personas que considerábamos respetables, hasta ese momento, ya sea en casa, en el restaurante, en una discoteca, o en un desafortunado contenedor de basura.
Sí, ya, pero venga, lo digo: Feliz año nuevo a todo el mundo, y que el 2011 sea un año espectacular, sublime, fantástico; uy, la panacea de todos los años. Seguro que lo será ;-)
jueves, 23 de diciembre de 2010
Cuando los ricos quieren ser más ricos
La "ley Sinde" llegaba a su cita de aprobación en el congreso con buena salud; pero después de la marcha atrás de algunos grupos, que seguramente habrán primado su reputación social por encima de las presiones y convicciones internas, la ley empieza a dar coletazos y parece agonizar. Las reacciones por diferentes bandos no se han hecho esperar. Internautas y no internautas, que no se encuentran en las altas esferas de la sociedad, han aplaudido mayoritariamente el desenlace; mientras, algunos creadores de élite -entendemos, con dinero y notoriedad social-, han expresado su malestar por la marcha atrás de esta ley que quiere mutilar parte de la libertad en la red.
Dicen en un artículo de El Pais, que la cultura -músicos, cineastas, y escritores-, están indignados. Pero yo me pregunto, ¿Quién es la cultura? ¿Quién la representa? La cultura, afortunadamente para este país, no son cuatro gatos que están en la élite y desean aumentar aún más sus cuentas corrientes; que en vez de tener dos chalets, les gustaría tener tres. La cultura somos todos. La cultura es cualquier persona del día a día, que hace eso, cultura. Que escribe, canta, ilustra, fotografía, diseña, y muchas cosas más, para poder pagar sus impuestos, tener un piso, y permitirse de vez en cuando algunos caprichos. Son personas que están básicamente al mismo nivel social que un mecánico, un carpintero, un administrativo, o cualquier otra profesión tan respetable. Como digo, por fortuna, la cultura es demasiado extensa y no se reduce a estos personajes del artículo citado.
Desde pequeño me han apasionado muchos ámbitos de la cultura, y me ha encantado compartir mis creaciones con los demás. No tengo chalet, ni siquiera coche. Vivo como la gran mayoría de personas de este país trabajando día a día para llegar a fin de mes, y cuando llego del trabajo, tengo ánimos y mucha ilusión para seguir creando, aunque muchas veces la remuneración brille por su ausencia. Para muchos es difícil de entender, pero cuando te gusta algo, lo entiendes. Y claro que aspiro a más, no voy a ser tan hipócrita como para asegurar que rechazaría mayor compensación por lo que hago. Todo el mundo quiere que le valoren su trabajo. Pero una cosa es que tu trabajo del día a día sea más o menos valorado, y otra muy distinta, lo que pretenden estos personajes que dicen representar la cultura del país, que es vivir de su obra por el resto de los días sentados desde el sofá, e irse enriqueciendo más y más. Sobretodo cuando solo son una pequeña parte de la cultura de este país, y deberían darse por unos enormes afortunados al tener un nivel de vida tan alto, en comparación al resto de los mortales, incluso de los que se dedican a lo mismo que ellos. Pero no, aún así, quieren más. Quieren que los que tenemos menos, les demos más. Es curioso, que en cambio, no digan que las subvenciones que ellos reciben, infinitamente superiores al resto de "creadores" -la mayoría, sencillamente no tienen-, las estamos pagando entre todos; y cuando digo todos, también me refiero al lampista que después se baja una canción, o al dependiente que mira una película por internet.
Y si hablamos de temas de robo y piratería, yo también me podría quejar. A mi también me han robado. Me ha robado la SGAE, que no está demasiado por la labor de fomentar la cultura en este país, sino por fomentar las arcas de aquellos que más tienen. Cuando hice mi primer cortometraje, nadie, por descontado, me subvencionó. Es más, perdí tiempo y dinero. Cada vez que grababa mi obra en un DVD estaba pagando dinero a la SGAE, por la cara, porque así lo dice un cánon sin ningún tipo de sentido. Grabé más de 100 cortometrajes, y me robaron más de cien veces por una obra que encima era mía, realizada con el sudor de mi frente. Esto fue en 2004. Desde entonces, han pasado seis años y he realizado muchos más proyectos que han ido aumentando las arcas de una institución que se proclama como la defensora de la cultura. Pues bien, yo también formo parte de la cultura, y más que defenderme, me han atracado.
Y esto sucede, cuando los ricos quieren ser más ricos, robando a los pobres.
Dicen en un artículo de El Pais, que la cultura -músicos, cineastas, y escritores-, están indignados. Pero yo me pregunto, ¿Quién es la cultura? ¿Quién la representa? La cultura, afortunadamente para este país, no son cuatro gatos que están en la élite y desean aumentar aún más sus cuentas corrientes; que en vez de tener dos chalets, les gustaría tener tres. La cultura somos todos. La cultura es cualquier persona del día a día, que hace eso, cultura. Que escribe, canta, ilustra, fotografía, diseña, y muchas cosas más, para poder pagar sus impuestos, tener un piso, y permitirse de vez en cuando algunos caprichos. Son personas que están básicamente al mismo nivel social que un mecánico, un carpintero, un administrativo, o cualquier otra profesión tan respetable. Como digo, por fortuna, la cultura es demasiado extensa y no se reduce a estos personajes del artículo citado.
Desde pequeño me han apasionado muchos ámbitos de la cultura, y me ha encantado compartir mis creaciones con los demás. No tengo chalet, ni siquiera coche. Vivo como la gran mayoría de personas de este país trabajando día a día para llegar a fin de mes, y cuando llego del trabajo, tengo ánimos y mucha ilusión para seguir creando, aunque muchas veces la remuneración brille por su ausencia. Para muchos es difícil de entender, pero cuando te gusta algo, lo entiendes. Y claro que aspiro a más, no voy a ser tan hipócrita como para asegurar que rechazaría mayor compensación por lo que hago. Todo el mundo quiere que le valoren su trabajo. Pero una cosa es que tu trabajo del día a día sea más o menos valorado, y otra muy distinta, lo que pretenden estos personajes que dicen representar la cultura del país, que es vivir de su obra por el resto de los días sentados desde el sofá, e irse enriqueciendo más y más. Sobretodo cuando solo son una pequeña parte de la cultura de este país, y deberían darse por unos enormes afortunados al tener un nivel de vida tan alto, en comparación al resto de los mortales, incluso de los que se dedican a lo mismo que ellos. Pero no, aún así, quieren más. Quieren que los que tenemos menos, les demos más. Es curioso, que en cambio, no digan que las subvenciones que ellos reciben, infinitamente superiores al resto de "creadores" -la mayoría, sencillamente no tienen-, las estamos pagando entre todos; y cuando digo todos, también me refiero al lampista que después se baja una canción, o al dependiente que mira una película por internet.
Y si hablamos de temas de robo y piratería, yo también me podría quejar. A mi también me han robado. Me ha robado la SGAE, que no está demasiado por la labor de fomentar la cultura en este país, sino por fomentar las arcas de aquellos que más tienen. Cuando hice mi primer cortometraje, nadie, por descontado, me subvencionó. Es más, perdí tiempo y dinero. Cada vez que grababa mi obra en un DVD estaba pagando dinero a la SGAE, por la cara, porque así lo dice un cánon sin ningún tipo de sentido. Grabé más de 100 cortometrajes, y me robaron más de cien veces por una obra que encima era mía, realizada con el sudor de mi frente. Esto fue en 2004. Desde entonces, han pasado seis años y he realizado muchos más proyectos que han ido aumentando las arcas de una institución que se proclama como la defensora de la cultura. Pues bien, yo también formo parte de la cultura, y más que defenderme, me han atracado.
Y esto sucede, cuando los ricos quieren ser más ricos, robando a los pobres.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Esperando
Han pasado los años y ya no tengo que preocuparme por coger sitio; prácticamente tengo el banco para mi solo. Qué silencio. Como pasa el tiempo. A veces me siento como un legionario, aquel que siempre sobrevive a cada una de las batallas, pero va viendo caer a los suyos por mucho que no quiera mirar atrás. Y yo siempre voy para delante, pensando que no caeré. Aunque francamente, hay veces que me gustaría ser abatido, descansar de tanto ajetreo. Esta guerra, ya no es la mía, y no logro entender para qué lucho. No comprendo si este sufrimiento, esta incansable batalla, favorece a los míos, o les perjudica. Incluso pienso que lo mejor sería dejarlo, tanta guerra no es buena. Es mejor quedarse tranquilo, pero con una pizca menos. No merece la pena. Aunque por otra parte, quiero seguir corriendo; será por orgullo propio, de ver como después de tantas batallas yo siempre he estado triunfante. Sí, orgullo propio. De hecho, poco más. La persona que más quise hace tiempo que se fue. Así que, ¿a quién tengo que demostrar nada? A nadie, a mi mismo. Claro, si supiese a seguras que mi rendición me volvería a dejar con los que cayeron, no dudes que me rendiría sin rechistar; alzaría la bandera blanca bien arriba, tiraría todas las armas bien lejos de mi, y gritaría bien alto para anunciarles mi vuelta. Pero no tengo la seguridad de que pueda regresar. A lo mejor rendirme es apresurar la perdición de todo. Por lo menos aquí, sé que mis amigos surcan por estos vientos que aún puedo recordar. Y muchas veces con eso me basta. Aunque reconozco que otras, otras, se me hace tremendamente doloroso. En fin, demasiado tiempo libre. Lo mejor será que vaya a recoger al pequeño al colegio, que ya casi es la hora.
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