La bala alcanzó el pecho de pleno. La muerte acariciaba a John, poco a poco, insinuándose. Y cada vez, con mayor intensidad. William, su amigo de infancia, su compañero de copas, su hermano de comisaría, se agachó. John agonizaba.
- William, muchas gracias por todo... quiero que sepas, que no soy digno de tu amistad, siempre te estaré agradecido.
- John, no, no digas eso.
- Ah, William, sí, es cierto. También, quiero que... ah, despídete de mi parte de Jennifer, dile que siempre la he querido, aunque a veces, no haya sido capaz de demostrarlo.
- No, John, ¡aún no puedes irte!
- William, William, amigo mío, me tengo que marchar, pero antes, por favor, prométeme que le dirás Rosewood que nunca quise abandonarle en aquel momento, no pude hacer otra cosa, no tuve elección... ah, me duele, me duele mucho.
- John, aguanta, te pondrás bien, no hables, te estás agotando.
- Me voy, William, me voy; veo una luz, veo una luz, y brilla, brilla intensamente; ah, William, amigo mío, otra cosa, por favor, otra cosa, Robert, ah, duele, duele mucho, dile a Robert, el pequeño Robert, que Jans no estuvo nunca implicado en la redada, su implicación fue idea de Fernandez, el pardo, el compinche de Rodriguez...
- ¿Cómo? John...
- Otra cosa, no te olvides de esto, por favor, no te olvides; verás, en la alacena de mi despacho, en la parte superior derecha, hay una pequeña caja de cartón, de color ocre, ligeramente envejecida, con aspecto deteriorado, pues bien, pídele a Mario, ah, que dolor, pídele a Mario que se deshaga de ella. ¡Que la tire bien lejos! No quiero que Jennifer la encuentre.
- ¡John, John!
- Ah, William, William, mi querido amigo.
- Tranquilo John, aguanta.
- No William, no, esto se acaba. El túnel solo tiene una dirección, solo tiene una salida. Pero antes, ah, antes, por favor, dile a Phillips, nuestro Phillips, el cabeza loca de Phillips, que siempre le he tenido un gran aprecio, que siento todas las discusiones, que le perdono todas sus locuras, sus manías, sus delirios, realmente en el fondo, sé que es una víctima, un amigo. Díselo, William, díselo. Ah, por cierto, otra cosa, Clara, la hermana de Robert, el pequeño Robert, dile a Clara que siempre la recordaré, que aquellas rosas que se encontró una buena mañana en la puerta de su casa, sí, eran mías, pero que nunca pudo ser, díselo, William, te lo pido. Pero no se lo digas a Jennifer, a ella no, ella no debe saberlo. ¡Ah! La herida, me duele.
- Pero...
- McCallagan, McCallagan, dile a McCallagan, dile que tengo el dinero de Roger guardado en el primer cajón de mi escritorio, justo debajo de la máquina de escribir. Pensaba dárselo, pero no había tenido ocasión, y ahora, ya no podré, pero dáselo tu, no te olvides William, no te olvides. ¡Morgan Carrisson! Ah, que dolor, William, un secreto, fue Morgan Carrison, quién derribo aquel bidón de lo alto de la azotea, en la primera operación antidroga que participaste, saliendo disparado e hiriendo de muerte a Harry Wilkinson y George Kloner, recién incorporados al cuerpo, con todas las ilusiones por delante... pero William, esto es un secreto, nunca dije nada, porque lo de Morgan fue un accidente. ¿Me entiendes? Ah, que dolor, no me queda tiempo, un suspiro, quizá.
- John, calla, por favor, necesitas tranquilizarte, vendrán ahora, vendrán a socorrerte, están de camino.
- Ah, William, no, no. Esto se acaba. Esto es el final. Solo quiero que sepas que te agradezco tu lealtad, tu amistad, ah, William, mi querido William.
- ¡John! ¡No, John!
- No puedo, no, William, no, no puedo irme sin revelarte que Michael Shering, el joven nórdico del distrito oeste, aquel que se creía un héroe, a la hora de la verdad, no hizo nada por salvar a la teniente Rebeca en aquel altercado en el club Melissa. ¡No hizo nada! Se quedó inmóvil, mientras cuatro borrachos apaleaban a la teniente; inmóvil, cabizbajo, ¡Cobarde, más que cobarde! Pero yo no lo dije, William, no lo dije. La mujer de Michael me convenció, y no pude delatarlo. ¿Me entiendes? No pude hacer otra cosa.
-¿Cómo? ¿Fue Michael...?
- Ah, William, ahora no. No le demos más vueltas. Por favor, ahora no. ¡Ah! Que dolor. Ahora sí, ahora sí... William, esto se acaba, esto se acaba. William, por favor, dile a Peter, mi hermano Peter, que le quiero mucho, que respeto su vida, aunque no siempre lo parezca, aunque he sido un cascarabias. Peter, Peter, perdóname, Peter...
- John, calma, estás delirando.
- Peter, Peter. Jennifer, maldita sea, Jennifer. Phillips, ¿Qué haces Phillips? No se lo digas, no se lo digas Clara, oh Clara... Ay, ¿porqué me duele tanto el pecho? ¡Me duele, me duele!
- Adios John, buen viaje.
jueves, 13 de mayo de 2010
miércoles, 5 de mayo de 2010
El reclamo del oleaje
El oleaje rugía con fuerza, mientras el cielo, tímido y distante, observaba. Aquel viejo capitán, situado en lo alto del acantilado, con la piel agrietada y la mirada cansada, abrazado a sus recuerdos, sonreía tiernamente. Siempre estuvo junto aquel mar; el pacto de respeto entre ambos había perdurado todos aquellos años que alcanzaban en su memoria. En aquel lugar, vio nacer su primer amanecer, escuchó la voz de las caracolas fundiéndolas a su oreja, padeció su primer desamor, encontró los labios del amor de su vida, y una vez sin nada y sin nadie, pasó horas y horas recibiendo su compañía, su caluroso abrazo.
Ahora, solo pensaba en devolverle todo lo que le dio. Acabar donde empezó todo. Con los brazos bien abiertos, se fundió en un abrazo; el olaje se calmó, se lo llevó bien adentro, lo recogió entre sus brazos, y le besó.
Ahora, solo pensaba en devolverle todo lo que le dio. Acabar donde empezó todo. Con los brazos bien abiertos, se fundió en un abrazo; el olaje se calmó, se lo llevó bien adentro, lo recogió entre sus brazos, y le besó.
martes, 27 de abril de 2010
Rosa marchita
Esta rosa está marchita. Tírala ya. No va a revivir por mucho que le cambies el agua y la asientes cada mañana en la terraza. ¿No te das cuenta? No se puede hacer nada por ella. Está arrugada por el tiempo; agrietada por las ráfagas de viento que ha sufrido; seca y cabizbaja; no puede mirar al frente; deja caer sus pétalos como si fueran lágrimas, rozan en su tallo y reposan en la tierra. Tírala ya. No va a revivir. Mañana compramos otra, sana y recia, repleta de vida, que ofrezca belleza a tu terraza, nos otorgue más satisfacciones que penas.
-No. No es justo. Esta rosa me otorgó todas esas cosas que comentas, sin apenas darle nada a cambio. Cambiaré su agua cada día, la acomodaré en la terraza por las mañanas, recogeré todos sus pétalos caídos, y levantaré su tallo cuando haga falta. Esa será mi mayor satisfacción.
-No. No es justo. Esta rosa me otorgó todas esas cosas que comentas, sin apenas darle nada a cambio. Cambiaré su agua cada día, la acomodaré en la terraza por las mañanas, recogeré todos sus pétalos caídos, y levantaré su tallo cuando haga falta. Esa será mi mayor satisfacción.
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domingo, 25 de abril de 2010
Está usted pagando más de lo que debería
Buenos días señora, ¿me permite que le quite un poquito de su tiempo? No, en serio, solo será un momento. Disculpe, entiendo que esté ocupada, pero solo será un momento, de verdad, un ratito. Apenas un minuto. ¿Usted no quiere pagar menos en su factura de la luz? Seguro que sí; pues yo vengo a ayudarle, a conseguir que cada mes pague un poquito menos; y con ese dinero que se ahorrará, pues podrá permitirse algunos caprichos, ¡que seguro se lo merece! Mire, solo un momento, de verdad, sino es más que cinco minutos. ¿Tiene alguna factura de la luz en casa? ¡Seguro que sí! Solo necesito eso, y haré que pague mucho menos. Solo necesito ver esa factura. No se preocupe, claro que soy de la compañía, por eso no tenga miedo, ¿no ve mi placa? A ver donde la he puesto... ah sí, aquí, mire, mire, perdón, si la tenía por aquí, estaba por aquí. Sabe que pasa, que nadie me la pide, pero hace bien usted en perdirla, ¿eh?, que hoy en día vaya usted a saber a quién le abre la puerta. Vaya, creo que me la he dejado en el coche, ¿quiere que baje a buscarla? Aunque solo será un momentito, de verdad. Déjeme una factura, cualquiera; de este mes, del pasado, de hace tres meses, todas me sirven. Sí. Espero.A ver. Sí, esta me vale. Veamos, ajá, titular, tipo de contrato, sí, muy bien, veamos, ajá, ajá. Huy, esto se lo podemos mejorar. Y tanto; usted está pagando más de lo que debe. Sí, claro. Es que paga por servicios que no utiliza, y algunos los podemos optimizar. Verá, ¿le hago un calculo de lo que pagaría con nosotros? Pues mire, teniendo en cuenta el contrato, estos parámetros, y estos otros. En total... a ver; claro, esto lo podemos quitar, esto lo está pagando para nada. Mire mire, ahora paga esto, ¿lo ve? Pues con nosotros se le quedaría, sumo esto, hago el descuento, y vemos, veamos, igual a... ¡Usted pagaría un euro con sesenta menos al mes! ¿Lo ve como solo ha sido un momento? Ahora solo debe rellenarme estas hojas, darme los datos de facturación, llamar a este teléfono para verificar su cambio de contrato, y darse de baja de este otro servicio. ¿Qué le parece? En serio, estamos para servirle, no se preocupe.
jueves, 22 de abril de 2010
Cena en casa de los Garcia
Fernando Garcia llegó a las nueve, sustentando entre sus manos una enorme bandeja, justo antes de que entrara Enrique, su hermano. Media hora antes, Sandra, la sobrina de Carlos, el novio de Julieta, hermana de Fernando y Enrique, y madre de Magdalena, llegaba a la casa de la señora Marisa, con el vestido repleto de manchas de aceite. Marisa, aquella tarde, había estado en la cocina desde las cuatro, mientras su marido Gustavo fue a echar una partida de dominó al bar del pueblo, junto con varios amigos, entre ellos, los güisquis dobles; aunque poco antes de llegar y sentar sus aposentos en la silla para no levantarse hasta pasadas las ocho, hora que decidió volver a casa, se encontró por el camino con Julieta y Rosa, ésta ultima, la mujer de Fernando, que se dirigían a casa de su mujer para ayudar en los preparativos de la cena.
En la casa, antes que llegaran Julieta y Rosa, junto con Marisa, se encontraba también Laura, eficiente y servicial como siempre, que llegó pasadas las tres del mediodía con un recetario para dar ideas a su suegra; gran error, pues a pesar de la gran persona que era Marisa, todos sabían que si algo no aguantaba, mujer tradicional como era ella, es que le quisieran dar ideas en la cocina. Pasadas las cinco, apareció Bonifacio con un balón de cuero entre las manos, oficial FIFA, pijo como de costumbre, para preguntar por su primo Roque, hijo de Laura, y posiblemente de Enrique, aunque las malas lenguas no se atrevían a asegurarlo. Pero Roque, tal y como dijo Laura a Bonifacio, había ido a jugar con Luisa y Magdalena, porque Roque podría ser bastardo, pero de tonto no tenía ni un pelo.
Aquella tarde, Fernando, el más pequeño de los hermanos, aprovechando la ausencia de su mujer, se había quedado en casa cuidando de Sandra, haciendo ese rol de padre que tantas veces le habían recriminado Marisa, Julieta, y Laura, siempre que veían atareada a la pobre Rosa; también llamada como la malabarista del hogar. Pero nada más pasar veinte minutos, Lucas, el hermano de Gustavo, y marido de Blanca, vino a su casa para recoger la Black&Decker que le había prestado, y de paso, tomar unas copas en el bar del pueblo, donde acababa de llegar Gustavo para echar su partida. Fernando, como no quería dejar sola a Sandra, decidió llevársela al bar, junto con Lucas y la Black&Decker. Por el camino, se cruzaron con Luisa y Magdalena, que habían quedado en el árbol del arroyo con Roque, nieto de Marisa y Gustavo, e hijo de Laura, y a saber, si de Enrique. Fernando, viendo la oportunidad que se le presentaba, animó a su hija a acompañarlas. Sandra, que no tenía demasiado entusiasmo con la compañía de su padre, aceptó, aunque a mitad de camino se separó de Luisa y Magdalena, con la intención de volver a su casa y hacerse una merienda digna de una reina; y es que Sandra, tenía el mote de la bolita del Yucatán, por razones ligadas a su tremenda adicción por la comida.
En el árbol del arroyo, poco después, Roque saludaba calurosamente a Luisa y Magdalena, recién llegadas al lugar, algo cansadas y necesitadas de agua. Inclinándose las dos ante aquella agua fresca, bebieron durante un buen rato. Mientras, algo lejos de allí, Sandra se preparaba unas tostadas, se subía a una silla y pescaba del armario todo tipo de galletas, magdalenas, bizcochos, y demás alimentos con el azúcar por bandera. Lucas y Fernando, por su parte, llegaban al bar del pueblo, donde sentado en la mesa más vieja del local, se encontraba Gustavo, con sus amigos de toda la vida, Jacinto, el Toño, y Ramiro. Con un saludo ligero y escueto se dijeron todo lo que se tenían que decir. Gustavo continuó sumergido en su partida, mientras Lucas y Fernando se sentaron en unos taburetes viejos al borde de la barra; dos cervezas, por favor. Entretanto, a quinientos metros de la casa de Marisa, Enrique pasaba por la pastelería de Don Fermín, viudo de Leopolda, la que fue hija de los Carmona, una de las familias más detestadas del pueblo a raíz del enfrentamiento, décadas atrás, con los Rodríguez. Como era un poco tarde, poca variedad tuvo para elegir, así que Enrique, que conocía muy bien a su madre, compró el clásico pastel de nata y bizcocho.
Llegadas ya las ocho, el pequeño Bonifacio fue a casa Rosa y Fernando, aunque allí solo estaba Sandra, que le abrió la puerta con los labios repletos de chocolate y una sonrisa amplia y maliciosa. Sandra y Bonifacio se quedaron en la cocina. Pero Bonifacio, mimado como siempre, empezó a dar golpeos al balón hasta que impactó en el aceitero, saliendo disparado contra Sandra, que quedó totalmente embadurnada de aceite. Llorando y gritando salió corriendo la jovencita, mientras Bonifacio, tan valiente como su padre Carlos, marido de Julieta, se fue directamente a la cena de sus abuelos; donde estaban Rosa, Julieta, Laura, Marisa, y Blanca, que acababa de llegar preguntando por su marido, que tendría que haber vuelto a casa hacia las siete más o menos. A la vez, Enrique, con el pastel en sus brazos, pensó en pasar por casa de Fernando a pedirle una bandeja, pero al llegar allí, encontró la puerta abierta y la cocina totalmente desordenada y sucia; así que salió disparado hacia la comisaría de policía, cerrando la puerta de un portazo. Mientras, en el bar, Fernando y Lucas se alejaban de la barra para despedirse. Fernando, solo llegar a su casa, vio la cocina desordenada y un pastel encima la mesa. Que desorden, todo por un pastel, pensó. Cogió el pastel, una bandeja, y se dirigió a casa de sus padres.
En casa de los Garcia, Marisa tenía todo preparado. Sandra llegó con el vestido lleno de aceite, se agarró a Rosa, y comenzó a llorar. Julieta, la mujer de Carlos, cogió el balón de Bonifacio, salió al exterior de la casa, abrió el cubo de la basura, y encontró tirado junto con cáscaras, grasas, y demás, un libro de cocina. Al poco, llegó Fernando, con una bandeja en sus manos; le comentó a Blanca, que su marido, Lucas, ya habría llegado a su casa. Y un instante después, entró Enrique, sensiblemente irritado, porque la policía no estaba en la comisaria.
Carlos llegó a las nueve y media, con un traje de rayas y corbata blanca, totalmente desentendido con el resto de la familia. En la mesa, Marisa, Gustavo, Rosa, Fernando, el mismo Carlos, Julieta, Enrique, Laura, Sandra, y Bonifacio, esperaban a Luisa, Magdalena, y Roque, que apareció, el joven de catorce años, con la camisa a rayas desencajada, y una amplia sonrisa, así como Luisa y Magdalena, que venían algo retrasadas del joven, ambas, con los pómulos sonrojados.
En la casa, antes que llegaran Julieta y Rosa, junto con Marisa, se encontraba también Laura, eficiente y servicial como siempre, que llegó pasadas las tres del mediodía con un recetario para dar ideas a su suegra; gran error, pues a pesar de la gran persona que era Marisa, todos sabían que si algo no aguantaba, mujer tradicional como era ella, es que le quisieran dar ideas en la cocina. Pasadas las cinco, apareció Bonifacio con un balón de cuero entre las manos, oficial FIFA, pijo como de costumbre, para preguntar por su primo Roque, hijo de Laura, y posiblemente de Enrique, aunque las malas lenguas no se atrevían a asegurarlo. Pero Roque, tal y como dijo Laura a Bonifacio, había ido a jugar con Luisa y Magdalena, porque Roque podría ser bastardo, pero de tonto no tenía ni un pelo.
Aquella tarde, Fernando, el más pequeño de los hermanos, aprovechando la ausencia de su mujer, se había quedado en casa cuidando de Sandra, haciendo ese rol de padre que tantas veces le habían recriminado Marisa, Julieta, y Laura, siempre que veían atareada a la pobre Rosa; también llamada como la malabarista del hogar. Pero nada más pasar veinte minutos, Lucas, el hermano de Gustavo, y marido de Blanca, vino a su casa para recoger la Black&Decker que le había prestado, y de paso, tomar unas copas en el bar del pueblo, donde acababa de llegar Gustavo para echar su partida. Fernando, como no quería dejar sola a Sandra, decidió llevársela al bar, junto con Lucas y la Black&Decker. Por el camino, se cruzaron con Luisa y Magdalena, que habían quedado en el árbol del arroyo con Roque, nieto de Marisa y Gustavo, e hijo de Laura, y a saber, si de Enrique. Fernando, viendo la oportunidad que se le presentaba, animó a su hija a acompañarlas. Sandra, que no tenía demasiado entusiasmo con la compañía de su padre, aceptó, aunque a mitad de camino se separó de Luisa y Magdalena, con la intención de volver a su casa y hacerse una merienda digna de una reina; y es que Sandra, tenía el mote de la bolita del Yucatán, por razones ligadas a su tremenda adicción por la comida.
En el árbol del arroyo, poco después, Roque saludaba calurosamente a Luisa y Magdalena, recién llegadas al lugar, algo cansadas y necesitadas de agua. Inclinándose las dos ante aquella agua fresca, bebieron durante un buen rato. Mientras, algo lejos de allí, Sandra se preparaba unas tostadas, se subía a una silla y pescaba del armario todo tipo de galletas, magdalenas, bizcochos, y demás alimentos con el azúcar por bandera. Lucas y Fernando, por su parte, llegaban al bar del pueblo, donde sentado en la mesa más vieja del local, se encontraba Gustavo, con sus amigos de toda la vida, Jacinto, el Toño, y Ramiro. Con un saludo ligero y escueto se dijeron todo lo que se tenían que decir. Gustavo continuó sumergido en su partida, mientras Lucas y Fernando se sentaron en unos taburetes viejos al borde de la barra; dos cervezas, por favor. Entretanto, a quinientos metros de la casa de Marisa, Enrique pasaba por la pastelería de Don Fermín, viudo de Leopolda, la que fue hija de los Carmona, una de las familias más detestadas del pueblo a raíz del enfrentamiento, décadas atrás, con los Rodríguez. Como era un poco tarde, poca variedad tuvo para elegir, así que Enrique, que conocía muy bien a su madre, compró el clásico pastel de nata y bizcocho.
Llegadas ya las ocho, el pequeño Bonifacio fue a casa Rosa y Fernando, aunque allí solo estaba Sandra, que le abrió la puerta con los labios repletos de chocolate y una sonrisa amplia y maliciosa. Sandra y Bonifacio se quedaron en la cocina. Pero Bonifacio, mimado como siempre, empezó a dar golpeos al balón hasta que impactó en el aceitero, saliendo disparado contra Sandra, que quedó totalmente embadurnada de aceite. Llorando y gritando salió corriendo la jovencita, mientras Bonifacio, tan valiente como su padre Carlos, marido de Julieta, se fue directamente a la cena de sus abuelos; donde estaban Rosa, Julieta, Laura, Marisa, y Blanca, que acababa de llegar preguntando por su marido, que tendría que haber vuelto a casa hacia las siete más o menos. A la vez, Enrique, con el pastel en sus brazos, pensó en pasar por casa de Fernando a pedirle una bandeja, pero al llegar allí, encontró la puerta abierta y la cocina totalmente desordenada y sucia; así que salió disparado hacia la comisaría de policía, cerrando la puerta de un portazo. Mientras, en el bar, Fernando y Lucas se alejaban de la barra para despedirse. Fernando, solo llegar a su casa, vio la cocina desordenada y un pastel encima la mesa. Que desorden, todo por un pastel, pensó. Cogió el pastel, una bandeja, y se dirigió a casa de sus padres.
En casa de los Garcia, Marisa tenía todo preparado. Sandra llegó con el vestido lleno de aceite, se agarró a Rosa, y comenzó a llorar. Julieta, la mujer de Carlos, cogió el balón de Bonifacio, salió al exterior de la casa, abrió el cubo de la basura, y encontró tirado junto con cáscaras, grasas, y demás, un libro de cocina. Al poco, llegó Fernando, con una bandeja en sus manos; le comentó a Blanca, que su marido, Lucas, ya habría llegado a su casa. Y un instante después, entró Enrique, sensiblemente irritado, porque la policía no estaba en la comisaria.
Carlos llegó a las nueve y media, con un traje de rayas y corbata blanca, totalmente desentendido con el resto de la familia. En la mesa, Marisa, Gustavo, Rosa, Fernando, el mismo Carlos, Julieta, Enrique, Laura, Sandra, y Bonifacio, esperaban a Luisa, Magdalena, y Roque, que apareció, el joven de catorce años, con la camisa a rayas desencajada, y una amplia sonrisa, así como Luisa y Magdalena, que venían algo retrasadas del joven, ambas, con los pómulos sonrojados.
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