miércoles, 9 de junio de 2010

Momento crítico

Marcos entró corriendo, con prisas, sin concesiones. Cerró la puerta enérgicamente, como si en vez de cerrarla, quisiera romperla, desubicarla de sus bisagras. Se arrodilló, se bajó hábilmente los pantalones, y se sentó apresuradamente, con brusquedad, con decisión. Rebecca, que permanecía en la habitación del fondo del pasillo, alzo la cabeza, dejando el cuello completamente tensado, y con una notable incertidumbre en su rostro, preguntó, -¿estás bien cariño?-, pero sin respuesta, el silencio se adueñó de toda la casa. -¿Cariño? ¿Estás bien?- El silencio, agarraba fuertemente aquel momento, no lo quería soltar. Pero no pasó más que unos segundos, cuando unos contundentes sonidos rompieron de pleno aquel vacío. Era una constante lluvia de impactos sonoros estridentes, que bajaban y subían de intensidad. Patapam, parraf, porrof, prom, pram, pree, piiif. Poco después, cesaron. El silencio volvió. Rebecca, con una sonrisa risueña, y con total parsimonia, se acercó a la puerta del baño. Apoyó su mejilla, y exclamó, -vaya nene, que urgencias, ni un beso oye-.

Unos segundos después, Rebecca se retiró y se volvió a incorporar al percibir el sonido del agua deslizándose por la pica. Marcos abrió la puerta, un tanto sonrojado, pero con expresión plácida, una sonrisa bobalicona, y unos ojos entreabiertos y relajados. Entonces, salió del lavabo con dos pausadas zancadas, levantó su mano con un gesto pleno de armonía, y agarró la mejilla de Rebecca, agrandando su sonrisa, y seguidamente, la besó. -Lo siento cariño, no podía más. Pensaba que no aguantaría, de verdad, pensaba que no llegaba. - La joven, siempre con una sonrisa en su amable rostro, miró hacia el cielo y balanceó ligeramente la cabeza. Dio media vuelta, y se volvió a la habitación. -¡Eres lo que no hay!- Sugirió desde el fondo del pasillo.

-Lo siento cariño, si supieras en el ascensor, ha sido eterno, parecía que iba cuatro veces más lento que de costumbre. ¡Ese maldito aparato no quería subir!- Rebecca asomó escuetamente la cabeza por la entrada de la habitación, -qué exagerado eres, ya ves tú, porque sabías que estabas a punto de llegar, y claro, el cerebro juega esas malas pasadas.- Su cabeza desapareció nuevamente, como en una representación de marionetas, cuando cambian de acto. -Será eso, pero yo no podía, no podía-, respondió Marcos.



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