martes, 9 de marzo de 2010

Aguanta, Charles, aguanta


Charles era el típico cascarrabias. Le daba rabia todo. Pero todo. Solo levantarse por la mañana tenía su primer enfado con el despertador. Si sonaba, porque le despertaba y quería dormir más; si no sonaba, porque se había dormido y llegaba tarde al trabajo.
Iba hacia el metro, y se quejaba de la gente que iba más lenta bajando las escaleras porque no le dejaban avanzar. Pero si había alguien detrás de él que quería ir más rápido, también se enojaba, pues se sentía presionado. ¡Le daba una rabia tremenda! Para picar el billete lo mismo. ¿Por qué no preparan el billete antes de pasarlo por la máquina? ¿Por qué otros en cambio le miraban fijamente para que fuese aún más rápido? Cuando iba caminando por el andén no aguantaba que los demás se le cruzaran por delante, pero tampoco aguantaba que estuviesen totalmente parados.
Una vez dentro del metro, le horrorizaba que se le acercaran demasiado. Que asco le daba eso a Charles. Y si no se le acercaban, se indignaba: -¿Qué pasa, que soy un bicho raro?

Así era Charles durante todo el día. Cuando iba a comer, le daba mucha rabia que el camarero tardase en atenderle. -¡Que no tengo todo el día!- pensaba. Pero si el camarero le venía rápidamente, se ponía aún peor, porque no le había dado tiempo a elegir el menú. Para pagar, más de lo mismo. Si le ponían la cuenta sin pedirla, se enfadaba. -¿Qué piensas, que no te voy a pagar?- Pero si, por el contrario, no le traían la cuenta: -Vaya calma, joder, ¡Que no tengo todo el día!

Ay Charles, Charles. Así no se puede vivir. ¡Que rabia me da la gente como Charles!
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