lunes, 29 de marzo de 2010

Mi querida Renfe:

No sé como empezar este escrito. No sé como expresar todo el deleite que me produce tu servicio. ¡Me has dado tanto!

Para comenzar, y gracias a tus constantes retrasos, a veces poco justificados y otras veces sin justificación alguna, he llegado a establecer relación con personas a las cuales, seamos sinceros, nunca hubiese dirigido la palabra. Aquellos momentos de servicio nulo y desinformación que me brindaste, originaron algo tan bonito como el hecho de compartir entre personas desconocidas; compartimos nerviosismo, indignación, irritación, y posterior abatimiento. Todos, cada uno de aquellos usuarios situados en el andén, o dentro del vagón, porque tus incidencias son como Dios, están en todos lados, nos sentimos igualmente desgraciados; igualmente estafados y enojados. Ni una terapia del psicólogo más cualificado hubiese logrado unir a decenas de personas sin ningún tipo de vínculo, y hubiese exaltado en todos ellos las mismas sensaciones. ¿Cómo lo haces, Renfe?

Pero ahí no queda la cosa. Aún no sé como corresponderte el hecho de que, gracias a ti, sea capaz de aguantar el doble, qué digo el doble, ¡el triple!, de tiempo sin orinar o hacer aguas mayores. Yo antes, cuando tenía ganas de ir al lavabo, recuerdo que como mucho, treinta minutos, oye. Pero después de las peripecias vividas en los vagones de tus trenes, con lavabos eternamente estropeados o simplemente infranqueables para la dignidad humana, he llegado a aguantar trayectos de más de una hora. Y si esto fuera poco, aún he superado este record personal, esperando tus retrasos en las numerosas estaciones que no tenían ni un triste escupidero. Y te lo prometo, gracias a ti, el record de dos horas aguantando como un campeón, es posible. Mi próstata bien sabe lo que me digo. Por poner un ejemplo, totalmente al azar, en El Clot Aragó, una estación barcelonesa conocida y de grandes proporciones, anduve buscando un lavabo sin éxito durante un buen rato. Pregunté en la oficina del mismo recinto, recién construida con unos preciosos vidrios translúcidos y la más alta tecnología lumínica, una gran obra sin duda, pero me dijeron que en aquella estación no habían lavabos. ¡Magnífico! Porque subí rápidamente al exterior, y entré en un bar donde pude intercambiar magníficas palabras con su propietario. Y esto, gracias a tu brillante idea de gastar un dineral en poner oficinas, pero no construir unos lavabos.
Y quién dice lavabos, dice también rampas o escaleras eléctricas en varios tramos de escalones cercanos. ¡Ahí, ahí, que la gente es muy cómoda!

Y ya que he nombrado el tema rampas y todo eso... ¿Y qué me dices de las barreras arquitectónicas? Ay, casi me olvido de comentártelo. Válgame Dios, que despiste. Pues gracias a ti la gente se ayuda entre ella. Hay más solidaridad. Descubres que existe abundancia de buena fé y amor en el mundo. Sin tus numerosas barreras arquitectónicas en andenes, pasos a nivel, estaciones, y demás, nunca hubiese visto como unos mozuelos de pintas raras ayudaban a subir a una anciana al vagón, o como dos ciudadanos, cada uno con sus prisas, levantaban usando la fuerza bruta a un minusválido para salir de la estación de Arc de Triomf, repleta de escaleras y más escaleras . Porque esa es otra, tus estaciones son magníficas para la superación de las personas. ¿Qué te cuesta subir escaleras, o sencillamente no puedes? Pues aprende con Renfe. Así de simple, así de fácil.

Y ya para despedirme, por favor, sube el precio del billete más a menudo. Que para todo lo que ofreces, es de saldo.
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