martes, 16 de marzo de 2010

Aspiraciones magnas

No era precisamente la aspiradora más potente del mercado. De hecho, Melisa, que es así como se llamaba, era una aspiradora de 1400W de potencia. Y vaya, no es poco, pero tampoco mucho. Si tenéis aspiradora, entenderéis un poco más a Melisa. Si no tenéis, haciendo un símil con las personas, pues sería como de clase media, bien, quizá media-baja, sin destacar. Pero al margen de su potencia, nada inusual, Melisa era de marca blanca. Una YaoWeng, made in China. Imaginad pues, el panorama para Melisa: clase media-baja, marca blanca, y ni muy poco ni mucho. Del montón, sintetizando.

Aún así, detrás del pésimo panorama comentado anteriormente, Melisa aspiraba a todo. Es más, Melisa no era potente, ni de marca, ni tenía vínculos con aspiradoras de gama alta, pero sus sueños, ilusiones, y ambiciones, eran claramente de magnas proporciones. Enormes, maravillosos, y llenos de grandeza. Por esa razón, Melisa, a pesar de sus vulgares 1400W, aspiraba más que cualquier aspiradora. Y tenía cualidades para demostrarlo.

Un buen día, después de una larga espera, Melisa salió del almacén de aspiradoras YaoWeng. Alguien le esperaba en algún lugar. ¿Sería en una acogedora casa familiar? ¿O en unas productivas y dinámicas oficinas? Eso le daba igual a Melisa. Que más da. Ella lo que quería, por encima de todo, era demostrar de lo que era capaz. Así que en menos de una semana Melisa se encontró en una pequeña casa. Notaba que pronto saldría de aquella caja donde se encontraba oprimida y sin espacio; aquella estancia hostil y solitaria. Por fin ocuparía un lugar importante, siendo útil, demostrando sus aptitudes. ¡Sería la aspiradora de la casa! Allí estaba, nerviosa, sintiendo como desde fuera, alguien intentaba abrir el embalaje. Poco a poco vio como entraban pequeños rayos de luz, hasta que finalmente, la tapa se abrió por completo. Poliexpan fuera, Melisa quedó liberada. Su salvador, ese hombre que la había acogido en su casa, la miró detenidamente. Melisa se sentía el centro de atención, y dentro de ella se iban apilonando sensaciones y más sensaciones; sorpresa, felicidad, miedo, exaltación, temor, y finalmente, tranquilidad. ¡Ah! Que tranquilidad.

De golpe, su extraño liberador frunció el ceño. La miró detenidamente, y le cogió el cable extensible de conexión a la corriente. ¡No tenía clavija! ¡No tenía enchufe! Melisa, lo tenía todo. Era ambiciosa, entregada, repleta de ilusiones, y tremendamente preparada. Pero no tenía enchufe. Rápidamente, con un fuerte enfado, su salvador la cogió y empotró dentro de la caja; la volvió a depositar en su doloroso cobijo. -Queremos otra aspiradora- escuchó Melisa. Las lágrimas de Melisa se quedaron en la caja, en el mismo sitio donde ella supo que sin enchufe no era nadie.
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